Redireccionando...
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jueves, 3 de septiembre de 2015

Por si acaso

Sé que muchas de ustedes, locas con 3G y algo de tiempo libre, están a punto de casarse. Otras acaban de hacerlo, algunas lo hicieron hace mucho y el resto, un reducto insaciable de Pinterest-adictas, sueña con hacerlo algún día. Les envidio.

Soy consciente de que últimamente tengo abandonadas sus necesidades nupciales más fashionistas. Y lo siento. Seriously. Servidora es de ese tipo de mujer que pone hasta lo más recóndito de su ser en este trabajo y ahora ese trocito de una está en modo independiente. Lo que viene a ser single. Va a su bola y no hace más que tararear All by myself de Celine Dion abrazado a una tarrina de helado de stracciatella de dos litros.

Le va bien, no crean. Ése es el misterio. Le va bastante bien.

Ese único pedazo de romanticismo que acompaña a ésta que escribe, tiene la manía de pensar. Y miren que le tengo dicho que es mala práctica. Peligrosa más que nada. Esa miaja de mí misma es tan absolutamente independiente desde hace un tiempo que hasta me asusta...

No renuncia a nada pero tiene claro que su felicidad no puede depender jamás de lo que un extraño quiera procurarle. Lo que venga de fuera será bienvenido pero no será necesario, o, al menos, no como para no poder renunciar a ello.

No existen las medias naranjas señoras. No sé ustedes, pero yo soy una naranja entera. Nadie me completa. Nada me hace mejor de lo que soy. Para bien o para mal...

Les pido, desde el cariño que esta desconocida les tiene, que sean felices solas, porque es la única manera de ser felices siempre, y de ser felices a la verita de alguien. Ya elegirán ustedes el diamante. Y lo que sea.


martes, 1 de septiembre de 2015

Agosto

El Dragon Kahn es un badén carretero de tres al cuarto comparado con este mes mío de verano. Un  triste mecagüen conduciendo. Las cosas como son. Servidora lleva 31 días de sube-baja sin parar de derrapar, subir, bajar, voltear, agitar... Y vuelta a empezar. Claro que sí. A toda velocidad, con el pelo revuelto y sin manos. Mira mamá!!!!

Quién es el pirado que quiere inercia? Movimiento uniformemente acelerado? Absolutamente nadie, aunque todos acabemos rendidos a los pies del rozamiento y la gravedad, a nadie le amarga una montaña rusa. Aunque se acabe de color verde. Será ésa la gracia, pánico y placer a partes iguales... Y yo que las he odiado toda la vida. Eso y los spas. Que me dejan mal cuerpo, oigan. Nunca es tarde.

Disculpen estos derrapes de física básica regados con música de Mark Anthony con una más que dudosa acústica en plena calle. Así es el verano, no? Adrenalina al por mayor, un par de hits en spanglish fácilmente tarareables, melón troceado en la playa, un gintonic con hielo aguado, hola qué hay?, gente nueva, media docena de churros y una vida para organizar. Ah, no. Disculpen. Eso último sólo me pasa a mí. Mi vagón va subiendo poquito a poco la primera cuesta.

Hacemos cumbre. La batería del móvil que no dura ni 24 horas, la marca del bañador y la nariz pelada, Gargantúa, Madrid, San Sebastián, Santander... Llega la primera bajada de vértigo. Miedo, ganas y un grito. Una novia que arrasa en las redes sociales, una cita de tres días en la agenda, una habitación azul y dos fotografías. La mariposa del estómago está dándolo todo. Si éste es el premio por subir, que me pongan más pendiente en la siguiente, please. 

Qué quieren que les diga? Las mejores cosas de la vida suelen dejarle a una despeinada.


jueves, 30 de julio de 2015

Un brillo y una pausa

Brillen. Ese día es para brillar. Ese día no es para pasar desapercibida y presumir de su lado más discreto. No. Nain. No way. Ese día no. Disfrútenlo porque no habrá otro día igual. Nunca. Palabra.

Será que a servidora le puede un brillo, así que no sé si estoy siendo capaz de objetivizar esta tendencia como debería, pero si tuviera que volver a elegir... Puede que las cosas fueran distintas y decidiera brillar. Pero no con un brillismo plasticoso requetechungo. Que no, que no va por ahí el tema. Que si se brilla, como todo, haya que hacerlo en condiciones. Ya les contaré de qué va el tema, pero no ahora...

El minimalismo y el brillo no están reñidos señoras. Al revés, se dan a ganar el uno al otro. Así que, queridas novias de 2016 que ya están pidiendo sus citas para septiembre, valoren la idea. El crepe de seda y la muselina siempre estarán ahí. Les toca a ustedes decidir si les apetece ser distintas. Yo lo dejo caer...



Les recuerdo que el mes de agosto seguiremos trabajando aunque no habrá actualizaciones en el blog. Permítanme que después de esta temporada taaaaan llena de novedades, disipe mi creatividad por otros lares y así pueda volver a escribirles tonterías allá por septiembre.

Si lo que quieren es empezar a diseñar su vestido de novia, para eso me encontrarán ustedes donde siempre: en info@sophieetvoila.com para concertar una cita y empezar con el jaleo nupcial. No me voy, yo me quedo con ustedes.


Les deseo un feliz verano y les espero por aquí a su vuelta, para seguir riéndonos juntas de los petardeos fashionistas y de la vida. Porque para eso estamos. Un abrazo y mil gracias.

martes, 28 de julio de 2015

Y ahora, miedo

Todo lo que va mal es susceptible de ir a peor. No puedo decir que no me lo advirtieran, pero una siempre tiende a pensar que no puede ser... Y una se equivoca. Será que una es idiota.

Será que una se educó viendo películas Disney y le resulta imposible digerir la posibilidad de que el príncipe se vuelva un tirano, de que el hada madrina dispare a matar o de que, simplemente, no haya un final feliz, sin perdices ni nada. Así, sin más. Mierda de cuento. Mierda de Disney. 

Es posible que, en mi mundo, ése que habito yo sola, claro, no se vea demasiado el telediario y eso haya hecho que servidora no sea consciente de la ilimitada capacidad de destrucción absurda del hombre. Puede ser. Pero ya les digo que me estoy dando un baño de realidad bestial. Callada. Sin responder. Porque seré idiota, pero no soy mala persona. Y puede que esa debilidad mía me haga perder batallas, o incluso guerras. Me quita el hambre pero me deja dormir por las noches. 

Me duele tanto, que ha dejado de dolerme. Si hay algo que puedo sentir ahora, algo que se mete hasta en mis ojos, eso es miedo. Triste, no les voy a engañar, pero real.

Me gustaría ser mala para vencerlo. Los malos nunca tienen miedo. Pero no me sale. Y miren que lo intento. Aún con todo, no soy capaz. No sé mentir, no sé ocultar, no sé engañar, no sé manipular, no sé insultar, no sé ridiculizar, no sé despreciar. Lo que les decía. Soy idiota. Pero esta idiota va a salir de entre las llamas tranquila, sin tener nada que esconder y con grandes historias para contar. Otro defecto, nunca he sabido guardar secretos.


jueves, 23 de julio de 2015

Volver a empezar (o decir adiós II)

Ya me van a perdonar esta concatenación de posts con aire de drama. Ya saben que ésta que escribe lo hace a tumba abierta siempre, y ahora es esto lo que toca. Se van a reír, pero como que me está pareciendo que hablar de tendencias fashionistas maliciosas es un tanto superficial en este momento. Qué cosas.

El adiós está dicho, ahora viene el hola al infinito. Una tiene claro cómo se cierra una puerta. Con la llave para no hacer ruido como quien huye en silencio o con la ira que puede generar una traición. Hasta ahí las opciones son fácilmente identificables. Se elige (en caso de que se pueda) y listo. Ahí te quedas. Ciao bambino.

Y ahora what? Servidora ha cerrado la puerta haciendo retumbar hasta la cama de arena del gato de la vecina del séptimo. Bien remangada y con la bravura noble de un toro al salir a la plaza. Y ahí me tienen, con toda mi fuerza mirando al tendido. Que digo yo, que con lo bien que se estaba pastando en la finca, quién me mandaría a mí hacerle pensar al mundo que soy superwoman. Nadie, no me lo mandó nadie. Será que una es así de serie.

Si alguien puede con esto, ésa eres tú. Tú puedes con esto y com más. Pues mire, no lo diga muy alto a ver si alguien le va a oír y me va a mandar más. Y tampoco es eso.

Ni dónde, ni cómo, ni cuándo. Ni idea. No sé cómo será a partir de ahora. Lo del por qué, casi que lo dejo en objetos perdidos, no vaya a ser que me encariñe y me lo lleve para casa, y venga y dale a acariciar al por qué. Que no, que no. Que no quiero mascotas.

Cerrada la puerta, desde el felpudo sólo soy capaz de avistar un abismo, ahora sólo me queda decidir si cojo un vuelo regular, un jet privado, un helicóptero, me tiro en paracaídas o me arriesgo con el salto base. Porque yo, sentada en el welcome, no me quedo.





martes, 21 de julio de 2015

Decir adiós

Duele no tener opción. Tener que alzar la barbilla y calzarme los tacones, sonreír a cada lado y reengancharme a esto que me dicen que es la vida. Del todo al nada sin periodo de adaptación. A pelo y sin epidural. Un susto, un drama, un alivio tal vez. 

Vivir como propias las ilusiones de tantas para acabar el día sin una propia. Consejos doy para mí no tengo. Esta ironía vital es macabramente enrevesada. Humor negro elaborado.

Sin lágrimas, ya lo llevo todo llorado. Sin dramas, el mundo no va a ser más condescendiente conmigo ahora que tengo los ojos hinchados. No va a girar a 33 porque ya no estés, cuki. Porque ya no tenga donde agarrarme cuando suba la velocidad. Pero allá donde estés te diré que no me voy a bajar. Algún día estarás, de verdad, orgulloso de mí. Y yo seré grande. Y feliz.

Aprenderé. Aunque sólo sea porque no tengo más remedio. Por eso o porque soy la hostia y a mí no hay quien me tumbe. Subidas y bajadas en lo que dura un café. Un paseo por Bilbao. Una conversación de quinceañeras.

Esas sorpresas que le da la vida a la vecina del quinto y que, un día, le sacuden a una un soplamocos monumental y le sacan de su zona de confort. Plis-plás. Y se le oye a alguien decir con poco acierto c'est la vie! Sí señor, así es.

Miraré atrás de vez en cuando y te echaré de menos, lo prometo. Puede que un día te escriba algo bonito, aunque ahora sólo encuentre inspiración para redactar tu epitafio.


jueves, 25 de junio de 2015

Ese tío que escribe

Hacía meses que, con esos logaritmos neperianos que hace Facebook para ponerle a una en el morro lo que más le pueda interesar del mundo mundial, aparecían en mi pantalla los links a los posts de un tío que se hace llamar Magnífico Margarito. Claro que sí. Uno se llama como le sale de la punta de la peineta.

Les advierto, no se líen. Ni es fotógrafo súper cool, ni colaborador de programa amarrillista, ni ex-concursante de reality. Desalojen de su cabeza bitácoras internetiles con temática fashionista, petarda o similar. Este caballero del que les hablo, resulta que tiene un blog en el que escribe. Así, sin más. Qué cosas. Está claro que la gente hace con la tecnología lo que quiere... Como con el Aquarius.


Al principio no le hacía mucho caso, que servidora es de leer en diagonal y a la velocidad de la luz, hasta que, un día, la insistente ventanilla del feisbu me pilló con tiempo. Consejos para una hija. Con partes I, II y III. Y fue empezar y no poder parar de leer, de sonreír de medio lado y de cabrearme con el mundo. Pero todo junto. A lo James Bond. Mezclado, no agitado. O era al revés. En fin. Hacer eso sólo con palabras, es un arte señoras, y este colega, al que no conozco de nada y que un día aterrizó en mi tablet, es un artista.

Me cuelo en el portal del señor Margarito y les invito a su casa a que pasen y lean. Los consejos paterno-filiales o lo que quieran. Sírvanse. Con toda mi jeta, porque reconozco que no he pedido permiso y que es poco arriesgado afirmar que ser recomendado desde un site como éste mío no llene al autor como lo haría un Premio Planeta. Puede que esos textos no sean los que más orgullo le despierten, o sí, la verdad es que no tengo ni idea. 

Pero, qué quiere que le diga caballero, no haberlos escrito, porque ahora servidora ya es fan, groupie, hooligan de sus palabras. Se siente.


Además, piense una cosa, los premios Nobel ahora salen en el Hola! así que puede que una reseña en un blog tal como éste, no sea tan mal presagio. No se enfade demasiado.

He encontrado a mi alter ego en versión literato contemporáneo. Él habla de temas serios y yo de petardeces de eso que llaman lifestyle, por no decir chorradas varias, que, es menos trendy, pero más exacto. 

Puede que si no fuera rubia natural con querencia irracional por los stiletttos, señor Margarito, usted y yo hubiéramos rivalizado en ironía, sinceridad y sentido común en los escritos. Gracias a Vogue, servidora se limita a vaguear sobre tonterías mientras que a usted no sólo hay que leerle, hay que pensarle. Muy señor mío, le alabo infinitamente la inconsciencia.

jueves, 18 de junio de 2015

De éxito y otros vicios tontos

Hace unos días que ha vuelto a pasarme. No aprendo. Me caliento, empiezo a venirme arriba y me monto el cuento de la lechera en menos de nada. Y dice mi madre que ya no tengo edad para estas cosas... Me pone mala que la mujer tenga razón.

El tema es que, con estos derrapes raros que tiene la vida, aterricé el sábado en un encuentro blogger de los que molan, en los que hay tertulias, mesas redondas, charletas, talleres y demás exposiciones de sabiduría 2.0. Con colaboradores archiconocidos y aforo a reventar. Plas, plas, plas. Dedicatoria en el libro y patrocinadores de primera especial. En palacio de alto copete y con fiesta, petardeo, cocktail, photocall y copitas de champán. Y yo, allí, escuchando a ver si se me pegaba algo. Fotos por aquí, fotos por allá... Muy mona, no crean. En internet piloto poco, pero en tacones de aguja no me gana nadie.


Les escuchaba uno a uno, y con todo me iba viniendo arriba llena de ideas que aplicar en esta bitácora fashionista que les escribo. Lo estaba viendo. Aquí mi blog iba a ser un éxito con una repercusión viral sólo equiparable al bulo de Ricky Martin, el perro y la mermelada, se acuerdan? No iba a existir el ente con ojos (y 3G) que no visitara mi página. Chiara Ferragni iba a hacerme los recados. Gala González me llevaría las maletas... Lo estaba viendo.

Y es que a mí se me anima con nada. Y me hago líos con la misma facilidad. Que digo yo, que para qué quiero yo que pase por aquí todo bicho viviente? Pues para nada. Que yo no soy ninguna estrella, que mi blog es de los de leer, y eso da para atrás.


Que lo mío son los tocados y los vestidos de alta costura, no dar envidia a las masas con mi trolley de Vuitton yendo de Coachella a la gala del Met. Que no. Que para eso hay que empezar con las fotos de una misma delante de la persiana de la pescadería, y ya les he dicho a ustedes cienes y cienes de veces que por ahí no paso. Que, además, ya puestos, no quiero que me patrocine nadie, que todo este tinglado era para contarles a ustedes mis desvaríos sobre moda, lifestyle y lo que me ilumine la bombilla, así, sin buscar nada más.


Pero, por otra parte, una también quiere ser una ponente molongui de ésas a las que les ponen micro y habla de su éxito. Lo admito. Ahora no voy a ir de discreta.

Ningún editor arañará mi puerta rogándome de rodillas y con lágrimas en los ojos que escriba un libro con él, pero la verdad es que me haría ilusión. El éxito, ya saben, eso con lo que se sueña, aunque no se admita.

martes, 9 de junio de 2015

De pija a motera

Tengo una vecina que es la caña. Pongamos que se llama S. Así, proponer un nombre. Pues resulta que mi compañera de pared era pija. Pija maja, eso sí, pero pija al fin y al cabo. Con niños en cole uniformado, plumífero de marca y bajo con jardín, amigas con apellidos compuestos y demás parafernalia o sea. Pija de manual.

La veía de vez en cuando, en esos momentos he hecho magdalenas y me han  quedado de muerte, prueba, reuniones esporádicas de comunidad de esas que alteran los nervios y en algún café mañanero post parada del bus del cole, pero, así sin más, deje de encontrarme con S. Qué sería de mi encantadora vecina? 


Un día vi una moto enorme saliendo del garaje con una pareja enfundada en cuero de lo más pro. Eran lo más parecido a los riders de la ruta 66 que había visto en mi vida. Walk on the wild side, ya saben. La fémina motera del asiento trasero levantó la pantalla de su casco y me saludó con energía. Adiós. Ya la hemos liado. Marido me mira perplejo ante ésta mi nueva amistad sobre dos ruedas. Y yo que no enfoco. Achino los ojos. Es S. En serio. Es S? Confirmado. Y el que dominaba el manillar de aquella pedazo de burra era su marido.

Hasta luego!!!!! Y servidora que pone cara de ah, pero no sabías que tienen moto? Querido, no estás nada puesto en cotilleo vecinal. Y por dentro muerta-matá. En qué momento mi vecina muta en catwoman y yo no me entero?


El caso es que con el paso de las semanas volví a encontrarme con mi dulce y sonriente S. Y no. Ni soltaba tacos al por mayor ni mascaba una ramita por la comisura. Seguía siendo mi S de toda la vida, pero con botas moteras y chupa de cuero con protecciones. 

Mi S ahora se había involucrado hasta la médula en el rollo moteril, se había bautizado como integrante de un grupo biker con nombre de reptil y se le iluminaban los ojos cuando hablaba de ello. Y yo me imaginaba a mi S rodeada de maromos fanáticos de los flecos de cuero y un escalofrío me recorría por la espalda, como si tuviera que salvarla de las garras del mismísimo Belcebú.


Si es que soy más de pueblo que las amapolas, que diría mi madre. Mi S se había vuelto motera, sí. Se había convertido en uno de esos bichos raros que se saludan con una pierna al cruzarse en la carretera y que tienen un código de honor no escrito que me río yo del Rey Arturo y sus caballeros. 

En mi preocupación por mi vecina, leí. Y resulta que ese colega medio melenudo y con gusto por el tema calaveril es lo más parecido a un príncipe sobre un corcel que verán ustedes en el siglo XXI.  No se rían que lo digo en serio. Ellos se saludan aunque no se conozcan, se hacen advertencias ante posibles peligros, se preocupan por los de la manada y por los que no lo son... Igual igual que la chupi-pandi del club de golf, a que sí?


No hay nada peor que la ignorancia y la pijería mal entendida. Ojalá hubiera más gente con el valor de mi S, que se montó en la chopper y mandó a paseo el te lo juro.

jueves, 14 de mayo de 2015

Ma da igual. Todavía.

Bésame.

Que se pare el mundo. O que no se pare. Que se vaya de cañas. Que haga lo que quiera. Me da igual. Si nos regala este momento o si decide que no somos suficientemente importantes. Me importa más bien poco. Se me escapa la sonrisa cuando te acercas tanto. Sigo sin poder controlarla. Ya ves. Todavía.

Ahora.

No mira nadie. O sí. Que se mueran de envidia. Sinceramente. Me da igual. Si es correcto o si no lo es. Si es apropiado o está fuera de lugar. Me pones nerviosa. Víctima de la risa floja. Más cerca.  Chocamos los dientes. Todavía.


Sigue.

Estoy en la gloria. Pita el coche de atrás. Me da igual. Un poco de paciencia por favor. Te agarro la nuca como quien se agarra a la vida. Y no me voy a soltar. Adelánteme. Pienso estar aquí para siempre. Cuatro ojos diminutos nos miran desde el asiento de atrás. Somos novios. Todavía.


No voy a abrir los ojos.

Por si esto es un sueño y me despierto. No voy a probar. Me da igual. Aprieto más. A veces te mataría. Es imposible quererse tanto. Sólo nosotros. Siguen sin entenderlo. Sigo sin poder digerir las mariposas. No se cansan. Ellas están revoloteando ahí. Todavía.


Oigo música.

La oyes? Seré yo? Estaré loca? Puede. Vale. Es muy probable. Me da igual. Quiero seguir bailando contigo sin moverme. Todavía.


Todo lo demás me da igual. Todavía.

martes, 28 de abril de 2015

Yo no le veo la gracia

Nos encanta decir lo graciosos que somos. Ole, ole, ole. La guasa que tenemos. Arriquitaun. Que nuestro humor es internacional, no como el inglés, que no le hace gracia a nadie... Pero sinceramente les digo que a mí me divierte tirando a poco. O a nada. Que no le pillo el punto, vaya.

El humor patrio oficial pasa por dos hermanos andaluces disfrazados de mujer maruja con rulos en bata de guatiné gritándose cada vez más alto. Y a más grito, más risa. Qué arte mi arma. Usted me chilla y yo me parto la caja. 

La única conclusión que soy capaz de sacar de esto es que yo debo ser de otro país, de otra raza o, definitivamente, de otro planeta, porque lo único que generan en mí es dolor de cabeza y cierto cabreo.


Me da pelín de vergüenza ajena pensar que hay colaboradores de grandes cadenas que creen que para hacerme reír tienen que ponerse a bailar en modo orangután de El Libro de la selva (versión desquiciada) cada noche en primetime. Riánse de Melodi. Ella, al menos, fue pionera (y el que la chiquilla fuera menor de edad también cuenta como atenuante). 

Lo que me desubica sobremanera es que el público se ríe y yo no entiendo el por qué. Les tratan de bobos para abajo, se cascan de la risa y aplauden como si cobraran por ello. Quién se ríe de quién?

Hay una cosa que tengo clara y es evidente: la rara soy yo. Y no crean, que servidora se ríe. Y mucho, pero con otras cosas.


Además de este no entender, a veces me da la sensación de que el deporte nacional pasa por reirse de alguien y no con alguien. Qué cosas tengo. De dónde habré sacado esta idea? Años y años de Videos de Primera atestiguan esta afirmación. Aquel colega que se patinó y aterrizó de bruces en el río del pueblo mientras una cabra enana le lamía la oreja, no creo que muriera de felicidad con la pirueta. Estoy casi segura. Aunque no tengo pruebas.

Mientras tanto, la península, Baleares y Canarias se ahogaban de la risa viendo a aquel hombre empapado y magullado. Y a todo esto, yo, aterrorizada. Ya les digo. Rara, rara, rara.


Por supuesto cada uno es libre de reirse de lo que le apetezca. Faltaría más. Es sólo que no entiendo,  ni comparto, ciertas clases de humor. No disfruto de la calamidad ajena ni me gusta que me traten como si fuera idiota. No me gustan las burlas, ni hacerlas, ni recibirlas y eso no tiene nada que ver con reirse de uno mismo, que, por cierto, es muy sano.


Yo me quedo con Gila, que en vez de gritar, llamaba por teléfono. 

martes, 21 de abril de 2015

Señora, su barriga no es bonita

Justo el día en el que servidora lanzaba sus dardos más hormonadamente envenenados contra el bikini, va y sincronizo con una colega que aparece en una playa de no sé qué rincón del mundo diciendo que su body postmamá era lo más. Y se hizo viral. Pero viral que lo rilas. Y todas las madres del mundo mundial aplaudieron que aquella mujer enseñara su cuerpo y dijeron que era lo más bonito que habían visto. Menos yo. Yo he visto cosas más bonitas.

A ver. Venga va. Vamos a dejar de hacernos las superwomen. No hace ninguna falta. Que una cosa es no tener complejos y otra bien distinta que eso nos haga estar divinas. 


Esa pancita colgante y estriada a rastrillo que queda después de dar a luz no es bonita. No nos engañemos. Sean sinceras, que levante la mano aquella de ustedes que no prefiera la barriga de soltera... Ese flotadorcillo lastimoso es el recuerdo perenne de haber llevado dentro a lo mejor que les ha pasado a ustedes (y a mí) en la vida. Sin duda. Es romántico, es personal, es todo bueno que se les ocurra (y más) y es como para sentirse orgulloso hasta explotar. Pero no es bonito. Las cosas por su nombre por favor.

Aquella madre de tres hijos dijo que estuviéramos orgullosas, pero, me va a perdonar, orgullosa yo ya estoy sin tener que enseñar hasta la matrícula. Igual que todas las madres que le dieron al like. Y volvería a pasar por dos embarazos horribles, por dos cesáreas para olvidar y por tantas otras romerías que ustedes ya se saben. No renunciaría jamás a las secuelas que mi pequeña prole ha dejado en mi panza. Pero de ahí a decir que son bonitas... No señora. No estoy de acuerdo.

Estar orgullosa de haber sido madre, para ésta que escribe, no pasa por mostrárselo a todo el planeta (literal en el caso de esa foto). Estar orgullosa es algo que va por dentro porque si se saca fuera se corre el riesgo de ser una madre modelo petarda de parque de ésas a las que nadie quiere parecerse.

Si a lo que se refería esa mujer es a que el género femenino debe estar orgulloso de esa flaccidez abdominal y demás dramas maternales, me van a perdonar, pero no me apunto. Que soy lo peor? A lo mejor sí, pero yo quiero ser un ángel de Victoria's Secret, no la madre de Chencho y sus mil hermanos. Pido perdón al mundo por ello. Si eso me hace ser una mujer insolidaria, artificial y cualquier otra perversidad, asumo mi culpa, pero siendo totalmente sincera, no tengo ningún propósito de enmienda.


Cuando voy a la playa no necesito gritar a los cuatro vientos soy madre y estoy orgullosa. A mí no me hace falta. Cuando voy a la playa y voy a despelotarme delante de toda esa peña, lo que quiero es estar lo más mona posible. Sin más. No quiero reclamar mi sitio en el mundo ni quiero concienciar a nadie de nada. Eso se lo dejo a otra. El activismo no va conmigo. Realmente, soy lo más malo que hay.

Aquella señora en bikini decía que a su marido ella le parecía lo más bonito que había sobre la faz de la tierra. Eso, señora mía, se llama amor. Un amor de ésos que a todo bicho viviente le gustaría sentir. Enhorabuena. Cuídelo. Pero si hay algo que caracterice al amor es la subjetividad. Mi hija hace los dibujos más bonitos del mundo. Pero no creo que los quieran colgar en el Prado. 



La idea no es mala. Pero me van a permitir que la interprete como un canto al que cada una haga lo que le salga de la peineta. A ver si va a resultar, como tantas otras veces, que si ahora no se luce panza estriada es que estamos ustedes y yo abducidas por la dictadura de las revistas de canto gordo. Y va a ser que tampoco. Me niego a ser juzgada y menos por alguien que dice que está en mi mismo bando.

Una cosa es que a una no le importe pagar en carne los peajes por los churumbeles, que no le acomplejen y otra distinta querer convertirlas en la bandera de esta generación de supermadres. Querer tener un cuerpo ideal no es malo ni nos convierte en nada chungo. Se ponga usted como se ponga.


Puede que una panza como la suya, señora mía, sea más real, pero no es más bonita.

martes, 14 de abril de 2015

A mi padre

Él me llama chata. Hace falta valor...

Me dice rubita y me puso Almudena de segundo. Así, sin preguntar. 

Mi padre no necesita este post. Ya sabe lo que voy a escribir. Pero me importa un carajo porque lo voy a escribir igualmente. Y eso también lo sabe. Porque soy como él. Esas cosas maravillosas que tiene la genética. Porque si pudiera elegir a quien parecerme, pediría las piernas de Marlene Dietritch y la forma de ser de mi padre. Ya ven. Qué cosas... El de ahí arriba se olvidó las piernas.


Epístolas, Penumbras... Y la lámina de una venus a carboncillo enmarcada en la entrada de la otra casa. Ése es él. 

Los cuentos de un libro heredado y la paella de los domingos. Sin marisco, por favor. La manga larga y el pantalón corto. El pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Las palmeritas de hojaldre. Los papeles de la mesilla. Los recopilatorios de verano. El huevo Kinder de los sábados. Trois baguette. El mando de la tele en la siesta y muchos, muchos relojes. La jarra de agua en el porche. Los DVD, la cámara de fotos y la minicadena. Mamá, no toques. Los juramentos montando el carro de la cocina y los discursos en nuestras bodas. Los vestidos de Bruselas. La muñeca grande y negra. Los castillos y princesas que me dibujaba los domingos, las coletas que me hacía flojas y aquel partido de tenis que me vino a ver. No crean, sólo vino a uno porque nunca jugué mas. 

De mi padre me han tocado el carácter y la prosa. Los ratos en modo caracolito. Hablar a la velocidad de la luz y la frente despejada.

Mi padre me ha enseñado que siendo honrado se duerme mejor, que hay que acabar lo que se empieza y que las rayas y los cuadros combinan perfectamente. Que una sonrisa conquista con más facilidad que una orden y que, a pesar de todo, el vaso siempre está medio lleno. Que no debo confiarme en el segundo trimestre, que ser actor de reparto mola y que las patatas de bolsa con ketchup son un vicio divino. Que las lágrimas son de uno mismo y no hace falta compartirlas, que el amor bien elegido no caduca y que la paciencia es algo que se ejercita a las 8pm en una esquina de la Gran Vía.

Él me animó a empezar y me obligó a acabar, me dejó marchar y me vio volver. Me ayudó a cumplir los sueños que un día también fueron los suyos. Y yo los cumplí por mí y por él. Dejó que me equivocara porque sabía que esa es mi manera de aprender. Qué bien me conoces, terrassa.


Supongo que para ustedes ahora mismo es como si escribiera en sánscrito... Discúlpenme si hay algo que no entienden. Hoy escribo en un dialecto que sólo mi padre entiende. No en vano, nos ha costado más de 34 años perfeccionarlo. Y aún estamos en ello.

jueves, 9 de abril de 2015

Ser guay

Antes ser guay iba irremediablemente ligado a fumar. Mover el cigarrillo con un estudiado disloque de muñeca mientras entrecerraba los ojos y se sumergía usted en una nicotinada niebla. Un telón de misticismo, misterio y mal aliento. Toda esa parafernalia de la pitillera de plata con las iniciales grabadas en letra inglesa y un mechero prestado. Pocas cosas son capaces de despertar los instintos más primitivos de un caballero como el ritual de pedir fuego. Hay que reconocer que había verdaderas profesionales del tema...

Hoy ser guay pasa por condenar activamente el tabaco, repudiar públicamente a los fumadores y llevar una botella llena de una pasta líquida de color verdusco que le garantiza medio millón de antioxidantes, omegas 3 y 6, moléculas supervitaminadas y un par de poderes cósmicos. Eso sí, hay que bebérsela. Se acuerdan de los hombres-lagarto de V comiendo ratones? Disculpen. Desconozco por qué me ha venido esa imagen a la cabeza...


Alguien guay de los de antes destilaba esa cultura que imprimen los viajes, sabía inglés y chapurreaba media docena de frases en la lengua de las Galias. Apoyaba el codo en el respaldo del sofá, contaba anécdotas (posiblemente inventadas) de ciudades como Londres, París o Nueva York exageradamente aplaudidas por media docena de acólitos y si era guay en nivel máster, tenía un apartamento en alguna de ellas. Viajaba en primera, llamaba a los camareros por su nombre y les preguntaba por la familia. 

Ser guay hoy es haber viajado a todos los destinos de Easyjet  pertrechada con un palo-selfie, tener un porrón de likes en Instagram y que gente que no le conoce de nada le diga lo mona que sale usted en esa foto delante de la persiana grafiteada de la pescadería. Hablar en modo zen del retiro espiritual súper cool regado con agua Fiji en la casa del pueblo de Ciudad Real. Pedir sushi a domicilio y dar un euro de propina.


A un hombre guay de la vieja guardia le gustaban las mujeres más que comer con las manos. Jugaba al tenis. Tenía las manos grandes, era un galán de refinadísimos modales y lucía sus arrugas frontales como galones. Tocaba el piano, el saxo, la guitarra o las maracas y se arrancaba a la primera de cambio.

Hoy, si es usted un caballero y, además, es guay, necesita una exfoliante antibrillos, una hidratante antiarrugas de día y otra de noche, un sérum revitalizante, cita en la depiladora una vez al mes y retoque de cejas cada 15 días. Revísese en el reflejo de cada escaparate y no haga pira del gym salvo en caso de desastre natural (uno que haya arrancado de su ubicación al gimnasio, se entiende). Se lleva el estilo casual. 


Antes, las madres guays tenían niñera que les encañonara los faldones sembraditos de lazos, muchacha que puliera los radios de las ruedas del Silver Cross, y babysitter que cuidaba de la prole los viernes noche cuando ella se llenaba de perlas para socializar del brazo de su esposo. Esas mujeres jugaban al bridge y besaban vasos de anís cada tarde (una juerga), hervían los biberones y siempre tenían el pelo perfecto.

Las madres guays de hoy en día hacen running con sus vástagos metidos en carros-burbuja con ruedas anti-nieve, les visten con algodón reciclado y les apuntan a clases de chino. Las mamis que molan concilian, o eso me cuentan.


Una mujer guay de la antes era tener un estilo propio, una Audrey con bailarinas o una Coco con pantalón. 

Hoy, si es usted guay, debe tener, como poco, media docena de bolsos de marca bien visible, vestir del color de moda, acampanar o estrechar los pantalones como proceda y etiquetar como vintage cualquier prenda que tenga más de dos temporadas. Cortarse el pelo como la presentadora de moda, acuñar términos absurdos en inglés y ponerse fundas. 


Ser guay no es fácil.

jueves, 26 de marzo de 2015

Mi último bikini

Lo oyen? Ta-da... Ta-da... La angustiosa banda sonora de Tiburón (o la de Psicosis, eso ya, cada una que elija...) resuena cada vez con más intensidad desde el fondo del armario. Viene a por mí, quiere acabar conmigo...

Pues vale. Que venga. Que aquí lo estoy esperando. Sentada en mi sofá orejero mientras levanto la ceja derecha y acaricio un maligno gato siamés en la penumbra. Con los treinta y pico veranos que gasto, no está el tema como para andarme con pánicos estivales.

Señor bikini, adelante, siéntese usted aquí un ratito que le voy a decir unas cositas...


Si le soy sincera, nunca me ha gustado usted demasiado. Tengo presente que yo tampoco soy santo de su devoción. Media vida metiendo tripa y la otra media intentando posturas anti-pliegues. Ya se ha llevado usted demasiadas horas de penitencia.

Así, de salida, ir a comprar un congénere suyo ya es una tortura en toda regla. Guantánamo? Tienen mucho que aprender... Verse dentro del micro-probador modelo chiringuito milrayas de El Corte Inglés (después de hacer media hora de cola), reflejada en el espejo, calcetines included, con ese bello bronceado que se luce allá por mayo... Eso sí es una tortura.

Con el tanga color visón asomando por debajo de la braguita brasileña naranja fosforita, la media docena de etiquetas redobladas saliendo disparadas entre el brazo y la costilla, y la alarma clavándose en el hueso de la cadera... Hay percebeiras que lucen bastante más sexis...


Señor dospiezas, nunca me ha gustado lucir ombligo. Ya ve, manías. Y, sino me gustaba a los veinte, no hace falta ser un lumbreras de la evolución para adivinar que, a estas alturas de la película, todavía menos. Me niego a tener que volver a meter tripa hasta volverme morada cada vez que tengo que levantarme de la hamaca, que darme crema, que sacar una revista del capazo o que pasar lista de familiares en la orilla. Que no. Que ya no.

Seré rara, no le digo yo que no, pero es que a mí, cuando me doblo, me salen lorcitas. Dale. Sin eufemismos. Lorzas en todo su esplendor, vaya (reconocer esto duele un poco... Con lo que una ha sido...). Ya ve usted hasta qué niveles estratosféricos llega mi imperfección.


No me pregunte si he llegado a este punto por culpa de dos cesáreas, de los regalices rojos, de la edad o del vermut de los domingos, porque no lo tengo claro. El caso es que no diré que estoy orgullosa de mi protuberancia abdominal, que una ciega tampoco es que sea, pero espere usted sentado si piensa que me avergüenzo o que renunciaré a alguna de mis rutinas extra-alimentarias para darle a usted el gusto. Que no, que no y que no.

Si cree que me pasaré el resto de los veranos de mi vida sin respirar, tampoco acierta. 

Dramas, los justos, así que lamento comunicarle que está usted nominado, expulsado y, además, no tiene derecho a portada de Interviú. Rian de rian.


Me paso al bañador. A las siestas en la hamaca sin miedo a perder la compostura. Al sombrero de ala ancha y a las mega gafas de sol. Al martini con doble aceituna y a la toalla de felpa gorda sobre la cubierta de un yate... (Lo admito, me he venido arriba con lo del yate...) 

Dejo atrás los triángulos y las cortinillas, las cuerditas-tirante que se clavan en el cuello, las chancletas de goma con bandera brasileña, las pulseritas arcoiris a lo Paulina, el pedaló, el aceite de zanahoria y el frigopié del chiringuito. Será que me hago mayor...


O será que me importa tirando a poco lo que se lleve o deje de llevarse, porque lo que quiero es estar preciosa. Todo el rato. 

martes, 10 de marzo de 2015

Lo que me queda, lo que me falta

Hay unas cuantas cosas que me faltan para pensar que mi vida es la pera pirulera... No son muchas y no son del todo imposibles...

- Que me cante la tuna. Soy más ñoña que una perdiz con ligas. Lo sé. Pero me pierde. Eso de asomarme a la ventana y que esos batmans llenos de lazos me dediquen una serenata, bandurria y pandereta en ristre, es una de mis ilusiones. Sinceramente, lo veo complicado, pero no pierdo la esperanza.

- Que alguien me componga una canción. Y a poder ser, que sea Sabina (no la tuna) puestos a pedir... Supongo que esto es un anhelo de mi ego. Si alguien le da el capricho, le estaré muy agradecida. También valen el formato poema o capítulo de libro. Por dar ideas...


- Tener otro hijo. Sí, el tercero. Estoy pirada. Y Mr Pi va a matarme cuando lo lea, pero es que me salen tan bonitos que he decidido repoblar el planeta. Si antes era ego, ahora es chulería... Así, sin más.

- Terminar el libro. Vale. En serio. Empezarlo. Es que me da vértigo embarcarme en otra guerra... Y si luego no lo lee nadie? Pánico al fracaso... 

- Hacer una sesión boudoir. De ésas ligeras de ropa... Ésta es una de las cosas con asterisco de urgencia, como lo deje mucho más tiempo, en vez de morbo lo que va a dar es lástima, y en vez de picardías de encaje van a tener que calzarme un albornoz con capucha...


 - Abrir un punto de venta en Dubai. Hay quien sueña con Montaigne en París o con alguna chic-street de Londres, pero a mí es ése rincón del mundo el que me tiene enamorada. Soñar con que esas mujeres con inmaculado eye-liner se enfunden mis vestidos... Eso sí que es un reto... Me alucinan esas ladies que invierten en alta costura no para mostrarla, sino para disfrutarla debajo de su caftanes negros...Eso sí es lujo.

- Aprender a hacer punto. Para cuando tenga nietos. Aunque, conociéndome, aún entonces estaré muy ocupada con medio centenar de proyectos...


Supongo que ustedes también tienen media docena de cosas que les quedan, o les faltan, por hacer. No desistan. Hay tiempo.

jueves, 26 de febrero de 2015

Don Amancio: yo quiero un culo

Así de claro se lo digo. Oiga. Que me tiene usted frita con tanta modelo que parece provenir de una estirpe de bicho-palos más que de humanos terrícolas. Estoy hasta la peineta de ver su lookbook lucido por un ente asexual con ojos, brazos y piernas, eso sí, pero que tiene de femenino lo mismo que un boli Bic. Ya lo he dicho.

Será que vende usted tanto que se ríe de todas nosotras, amebas carnales, exhibiendo sus colecciones en lookbooks de la forma menos atractiva posible. Total... Las vamos a comprar igual... No? Y es que, si no es eso, no entiendo nada.


Cuando me meto en la página de su firma estrella, pulso sobre el link mujer. MUJER. No sobre el link poste de señal de tráfico, ni sobre el link columna dórica. Oh gran señor de la moda low cost... Me va usted a perdonar, pero cualquier parecido entre sus modelos y una mujer es mera casualidad.

Va a ser que la gente que conozco es rara, no le digo que no, que me muevo en círculos extraños, puede ser, pero resulta que a las mujeres que frecuento la espalda les acaba en algo que se llama culo y utilizan el sujetador para sujetar. Hay que ver. 

Don Amancio! Que es ver su colección en internet y venirme a la mente la imagen de una alita de pollo del KFC rechupeteada! Que ya no me estoy metiendo con que sean o no demasiado delgadas, es que ya ni siquiera se sabe si son mujeres!


Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. No me atrevo a decir tanto, pero lo que sí me atrevo a escribir es que en los 90 las modelos eras diosas. Hicieron que todas deseáramos pesar menos y que nos crecieran las piernas 20cm de media. Todas queríamos ser Naomi Campbell o Claudia Schiffer, pero no conozco a nadie que hoy quiera ser la modelo de Zara.

Tengo una friend que trabaja en marketing de alto standing y que dice many-many palabras en inglés que normally no entiendo, pero a las que asiento always con naturalidad, como quien habla del weather. Voy a ver si ella es capaz de explicarme esta estrategia comercial, porque así, de salida, no le encuentro la gracia.


Señor Ortega, tengo que admitir que no tengo la información contrastada, pero estoy bastante segura de que el fee de la modelo no va en función ni del número de curvas ni del peso de la misma.

No soy quién para meterme en sus finanzas, pero, que digo yo, que lo mismo le sale mejor ahorrarse el caché de la modelo y sacar fotos de las prendas colgando de las perchas. Total, le van a lucir parecido.


No me venga con el cuento ése de que lo que tienen que verse son las prendas y no la modelo, que un Monet siempre será un Monet, pero luce mucho mejor en el salón que en el baño.

jueves, 19 de febrero de 2015

Dime algo bonito

Me gusta. De hecho, me encanta. Básicamente, me rechifla. Y si no me lo dicen, lo pido. Qué leches. Me lo merezco.

Llámenme lo que quieran. Me da lo mismo. Un piropo a tiempo es la mejor de las terapias. No estoy segura de si la OMS se ha pronunciado a este respecto, pero, yo que soy así de chula, me atrevo a afirmar sin pudor que en pequeñas y repetidas dosis, aumenta la autoestima, el buen humor y la seguridad en una misma. Riánse del Prozac. Para esto no hace falta mendigar recetas.

No me digan que alguna vez no han cambiado el rumbo para probar suerte con la creatividad literaria de los obreros de la acera de enfrente. Yo sí. Un clásico, aunque en extinción, lamentablemente. Si tienen la inmensa suerte de encontrar un peón inspirado, no miren al infinito y finjan no haber oído, hagan el favor de darse la vuelta y den las gracias!


Recuerdo, hace más años de los que me gustaría, pasar delante de la Comandancia de Marina hasta cuatro veces en media hora con la excusa de estar paseando al perro, bajo la atenta mirada del pobre  centinela uniformado que, tieso como una vela junto a la bandera, me piropeaba desde el balcón, fusil en ristre. Vamos a ver, que aquel pobre lo que estaba era aburrido, pero yo era la mujer más feliz del mundo.

Hace algún tiempo, trabajando en compañía, se acercó un caballero a saludar. Preguntamos si podíamos ayudarle y nos contestó, charming hasta el extremo, que no hacía falta. Que le habían dicho que había dos chicas muy guapas trabajando allí y había decidido ir a ver. Como comprenderán, el resto de la jornada, servidora se sintió mucho más alta, más guapa y hasta con los ojitos más verdes.


En mi vida por los Madriles, asistí a una fiesta llena de apellidos compuestos e hijos-de. Bailaba por allí la flor y la nata de la sociedad capitalera, incluyendo famosas redactoras de moda de revistas de canto gordo. Una de ellas se acercó al grupo en el que estaba ésta que escribe y preguntó por mi vestido, felicitándome por el outfit. Éxtasis. Y además gratis.

Y es que los piropos no siempre tienen que venir desde el sexo opuesto para resultar efectivos. No va el tema (siempre) de coqueteo, sino de reconocimiento. De agradecimiento.



Reconocer el trabajo ajeno, el esfuerzo del de enfrente, la belleza de quien sea. Son la envidia y la vergüenza los únicos que nos separan de esta sensación tan placentera de piropear y ser piropeado. Una lástima. Una lástima también ir de dign@s por la vida y hacer como quien no oye cuando alguien se molesta en alabarnos... Oigan, que si les sobran a ustedes los piropos, repartan.

No me entiendan mal, no se trata de mentir y adular, sino de agradecer y motivar. 

Hace unos días, me paró una mujer por la calle, alta, estilosa, no la conocía de nada, pensé que iba a decirme que se me había caído algo (muy yo), y, para mi sorpresa, me dio la enhorabuena por el blog. Saben ustedes el chute de energía que supuso para servidora? Ni se lo imaginan... Pero fui tan tonta que no supe reaccionar y darle las gracias como es debido, así que, si me está usted leyendo: GRACIAS, GRACIAS y GRACIAS.


No me voy a poner filosófica porque no es mi estilo, pero lo que sí les digo es que si para cuando acabe el día de hoy nadie me ha soltado  un piropo en condiciones y con energía, seré yo misma la que vaya al espejo y me exija "dime algo bonito".