Redireccionando...

martes, 2 de diciembre de 2014

Terrorismo nupcial

Domingo tarde. Llueve, hace un frío del carajo y yo tengo un sofá, una manta y el mando de la tele. Se le puede pedir más a la vida? Pues sí. Un paquete de kleenex, porque lo que les voy a contar ahora es para llorar un rato largo.

En un alarde de aventura, me arriesgo con todo, y voy más allá del canal 8 con el mando. Siempre he sido un poco temeraria, ya ven. Que me gusta vivir al límite...

Después de un paseo por las locales que no se ven ni un pimiento y por los dibujos animados más feos del planeta, llego a un canal de esos que llaman femeninos. No es que tuviera intención de parar mi búsqueda allí, pero no tuve más remedio. Un flash cegador me hizo perder la visión momentáneamente, pasé miedo, volvía a mirar... Y, sí, aquello que me hipnotizaba desde la pantalla era un vestido de novia.


Muerta. Nunca había visto tanto brillo (chungo-plasticoso) junto. Una especie de pabellón industrial que albergaba un outlet de vestidos de novia en versión Gran Hermano. Un todo a 100 nupcial y yanqui. El beluga de la ordinariez. Despliego todos mis sentidos y me mantengo alerta...

En la fachada colgaba un cartel rosa muy inspirador en el que se leía "Bridepower". Leerlo y venir a mi mente la imagen de dos novias rubias con aire de vikingas viviendo un momento pressing catch, fue todo uno. Aquello prometía. Cojo postura y abro mi libreta mental para apuntar. Oigan, una nunca sabe cuándo le va a llegar la inspiración...

Cientos de vestidos palabra de honor en bolsas de plástico y decenas de novias rebuscando con la ayuda de media docena de familiares con sobrepeso. Venga va, en serio?


Si algún insensato hubiera intentado cambiar de canal en ese momento, habría sufrido peores consecuencias que el novio de alguna de aquellas bárbaras después de la noche de bodas. Palabra. Aquel programa estaba sacando lo peor de mí...

No era tanto el formato del programa lo que me tenía pegada a la pantalla, sino los brillos centelleantes que emitían aquellos vestidos. Pero, alma de cántaro, en serio quieres casarte con eso?


A ver, aquí, la que escribe, tiene alma de urraca de toda la vida: es ver un brillo y subirme la tensión, pero aquello era una especie de sobredosis de una droga muy malamente adulterada. Trozos de plástico tamaño moneda de dos euros adornando una cadera de satén de poliéster bien drapeadita. 

Una lágrima asoma por el rabillo del ojo. Sé fuerte. Por fin lo entendía, aquello no era una novia, era una terrorista que pretendía arder a lo bonzo en la puerta de la iglesia. Todo cobraba sentido así... Sólo así...


Señoras, brillos sí, pero no de ésos. Por favor se lo pido. Si lo que pretenden ustedes es casarse y no activar una alarma antiterrorista, es mejor un vestido de pedrería que un aplique mal puesto.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Ya tengo uno

Parece mentira, tanta emancipación de la mujer, tanta liberación, tanta igualdad, tanta independencia... y resulta que seguimos esperando a que el señor azul aparezca montado al galope en un corcel blanco, baje de su montura, hinque la rodilla y nos ofrezca medio kilo de diamante. Efectivamente. Un sinsentido en toda regla. Pero, a que mola?

Ir a la joyería y elegir pedrolo en soledad (aunque es el sueño de muchas) no tendría la misma gracia. Eso es así.

El caso es que muchas de nosotras ya hemos pasado ese momento apertura de cajita y brillo cegador... Así que ya hemos cubierto el cupo de brillantismos forever and ever. Ya tienen ustedes uno. Hale. Se siente.


El caso es que cuando me quedé embarazada y tuve la primera náusea, pensé, ya he tenido una. Es suficiente. Cuando tuve la primera contracción me vino la misma reflexión a la cabeza: una, ya vale. Cuando me tiraron por primera vez los puntos, no se lo van a creer, pero pensé exactamente lo mismo: una y no más. La primera noche sin dormir, la primera pataleta en plena calle... Qué cosas, verdad?

Sorprendentemente siempre hubo una segunda, una tercera, una cuarta... Pero joyerío en mi dedo, sólo uno...
  

Algo hay que no estamos haciendo bien. No pretendo insinuar que por cada drama que sí se ha repetido, haya que anillarse... Puede utilizarse ese carbono tan atractivo para celebraciones más allá de promesas y nacimientos... Un porque sí, un porque te quiero, un porque estoy orgulloso de ti, un porque te apoyo... 

Si es usted ese tipo de mujer a la que se le van los ojos a la piedra gorda del escaparate de la joyería, dígalo. Que ni es pecado, ni cobran por decirlo en alto.

El problema de todo esto es la parte ñoña: comprarse una misma estas cosas no tiene gracia ninguna. Lo que mola es que se lo regalen a una. A poder ser, que se le ocurra al regalador solito y no tener que convencer a quien corresponda de efectuar la inversión. Y que acierten, claro. Que esa es otra.


Si ha sido usted buena este año, si se ha portado usted bien, pida. Le garantizo que no hay ninguna ley en la que se imponga un racionamiento de diamantes por mujer.